Actualización de instrucciones para ser reprimido

Los lamentables sucesos represivos que tuvieron lugar el miércoles 28 de junio del corriente en la avenida 9 de julio y Belgrano, no solamente significan el lanzamiento de campaña de la alianza Cambiemos y el intento de fidelización del núcleo duro de su base electoral, sino también –consecuentemente con ello- una reafirmación del sentido que quieren imprimirle a su vocación estatal.Vocación que ante la voluntad de la coalición gobernante de defender de manera irrestricta los principios básicos liberales que ampara nuestra Constitución, no duda, ahora sí, en poner en el centro de la escena al aparato represivo del Estado.

Frente al riesgo de ser malinterpretado, me apresuro a explicar la afirmación. El uso del monopolio de la violencia legítima es una de las condiciones de la estatalidad. Suponiendo que esa legitimidad está respaldada por el correcto proceder de acuerdo a los protocolos y normativas que garantizan el respeto a la integridad física de los reprimidos, nos resta entonces pensar en la política. O mejor aún, pensar políticamente las condiciones de aceptabilidad que puede tener la sociedad respecto de la potestad represiva que el Estado yergue sobre ella. Seamos más claros todavía: ¿qué es lo que hace posible que una parte de la sociedad acepte, incluso con actitud de bienvenida, un acto de represión violenta sobre otro sector que ejerce su reclamo hacia las autoridades estatales?

No vamos a responder esa pregunta pero intentaremos reflexionar sobre ella. El 18 de junio del 2008, por motivo de la intervención de la fuerza pública para dar cumplimiento a una orden judicial que obligaba a los dirigentes rurales a desalojar los cortes de rutas que mantenían desde hacía más de tres meses por el conflicto de la resolución N°125/2008, Eduardo Rinesi escribió en Página 12 las “Instrucciones para ser reprimido”. Como él mismo afirma, frente a la indignación que le provocó el liviano uso de la palabra “represión”-tan cara a nuestra historia- e, incluso, la exaltación que se hizo de la misma hasta lograr una verdadera construcción simbólica de la violencia del Estado para con los gauchos, pensó irónicamente una serie de pasos a seguir para ser reprimido. Esas instrucciones tienen que ver con la “correcta” forma de mostrar la injusticia que caracteriza a ese acto represivo. Es decir, cómo construir correctamente una caracterización de los actores “reprimidos”que conmueva a parte de la sociedad para que se solidarice con ellos y reniegue del accionar estatal.

Ese listado de instrucciones es, hoy, obsoleto. La correlación de fuerzas expresadas en el aparato del Estado es harto diferente y ya no es necesario esperar una orden judicial emitida tras más de tres meses de negociaciones con los sectores que cortan rutas nacionales y malogran la alimentación del país entero. Los medios masivos de comunicación que en ese entonces habían construido la imagen de un Estado que castigaba a los que “realmente” producen la riqueza nacional, exaltan ahora el “correcto” accionar de la policía contra los “piqueteros K”. Lo cual solamente puede ser mostrado como una virtud, como un punto positivo para la coalición gobernante de cara a las elecciones, tras la construcción de una masa demoníaca que azota a la civilización. Los indios, la chusma de ultramar, los cabecitas negras y, ahora, los negros de mierda. Violentos, corruptos, ladrones, saqueadores, vagos y todo lo ligado a la barbarie que se pueda. Habría que releer por estos días “La fiesta del monstruo” de Borges-Bioy para ver si la sintonía actual del Ejecutivo con el “cuarto poder”respecto de la conveniencia del cambio de estrategia, tiene algo que ver con la reciente aparición pública de Cristina Fernández y su vocación de conducir nuevamente a los bárbaros.

Sebastián Senlle Seif