Clivajes

Pese a las drásticas medidas adoptadas en estos últimos dos meses, los medios de comunicación ahora oficialistas suelen enfatizar más en el kirchnerismo que en el perfil, los alcances y límites de la actual administración. No es casual ni gratuito. Estamos hablando de una estrategia deliberada y conjunta. Se les rinde pleitesía a Macri y a sus funcionarios en tanto estarían asumiendo “con coraje” una “herencia maldita”. Se valen de todos los métodos posibles para impugnar la memoria histórica reciente estigmatizando, persiguiendo y hasta encarcelando como ocurre con la bochornosa y repudiable humillación a la cual están sometiendo a Milagro Sala.

Estas provocaciones, este ensañamiento es el ariete con el que pretenden disimular lo que, más temprano que tarde, será indisimulable. Un modelo excluyente donde los trabajadores, los jubilados y los sujetos de derecho de las políticas sociales somos la variable de ajuste. Esto cierra con represión, enrareciendo el clima político con prepotencia institucional mientras empuñan cínicamente los estandartes republicanos. Para la alianza gobernante, como en la campaña electoral, aún es negocio el clivaje kirchnerismo-antikirchnerismo porque así justifican el “sinceramiento” presente en los supuestos horrores del pasado.

Los militantes no renegamos un ápice de nuestra identidad y pese a los contratiempos y a las derrotas, reivindicamos a ultranza al Proyecto Nacional que les devolvió la dignidad a los argentinos sin distinción. Pero la coyuntura ha cambiado cardinalmente y no somos ajenos a este nuevo cuadro de situación. Somos oposición y lo que hoy divide las aguas es el macrismo si es que cabe utilizar este término. Si aspiramos a volver no podemos permanecer idénticos a nosotros mismos. Resulta imperioso renovar la práctica política conforme a lo que indica la realidad.

El bloque de diputados del FPV-PJ presentó un balance del nuevo gobierno con una serie de infografías esclarecedoras. La conclusión es evidente. Han trazado una hoja de ruta económica donde los ganadores y los perdedores no podían estar más claros. De un lado los exportadores y la crema del poder económico, del otro los que ponen el lomo soportando cesantías, la estampida inflacionaria y los tarifazos.

Lamentablemente, la reciente elevación del mínimo no imponible se licuará en la próxima paritaria si no se actualizan escalas. Por eso las pocas buenas noticias que pueden dar obedecen a políticas de estado que continúan en pie como la movilidad previsional y la transformación ferroviaria. Lógicamente, el reconocimiento a Néstor y Cristina brilla por su ausencia en tanto, para ellos, la mentada herencia es con beneficio de inventario.

Para los más humildes, ni siquiera hay promesas sino amenazas, zapatos que aprietan y un plan B, una ortodoxia monetarista presuntamente agazapada y dispuesta a cerrar los números a como dé lugar. La industria sustitutiva también está amenazada de muerte al igual que la construcción con el parate en la obra pública y los aprietes a las provincias. El desafío presidencial, casi irreverente, de convertir a la Argentina en el “supermercado del mundo” queda en desafío nomás cuando dejan trascender que el modelo es “campo y servicios” sin siquiera agroindustria.

En suma, quieren un país para pocos y con pocos. Hasta el momento, sólo han honrado los acuerdos con los grupos económicos, con un sector del Poder Judicial y con los medios hegemónicos retribuyéndolos con cargos y decretos a medida. Los aliados políticos, los que contaron y juntaron votos, siguen mayoritariamente a la espera, recelosos, al borde de la ruptura de no mediar un cambio que los favorezca.  Por eso el campo de oposición al gobierno es potencialmente grande y la militancia está llamada a jugar un papel estratégico. Hay que facilitar la articulación política y las demandas con la mayor amplitud posible. No es tiempo de internismo ni de autoflagelaciones. El adversario es poderoso y se le puede ganar siempre que enrollemos las banderas (sin bajarlas).