Historia criolla de la infamia

Un 2012 grávido de noticias desafía a las plumas, voces y vocinglerías refractarias a la
gestión del gobierno y al proyecto nacional. Es oportuno preguntarse por el cauce, o
mejor aún, los cauces que tomará esta perspectiva. Porque, claro, no son uno sino
muchos los repertorios que tienen como condición sine qua non desacreditar de plano
todo lo que provenga, o incluso y no se exagera, todo lo que huela a kirchnerismo. Un
variopinto que comprende lo ramplón y lo sofisticado a diferentes escalas. En
adelante, un repaso no exhaustivo que no adocena sino que interroga y tal vez anticipe
una nueva historieta criolla de la infamia.
Las analogías históricas tienes sus límites aunque si se toman ciertas prescripciones, o
sea un método, son pertinentes e ilustrativas para entender lo que pasa en la historia
nacional. No pareciera ser el caso cuando, para ellos, de kirchnerismo se trata.
Stalinismo, Ceaucescu, Goebbels puro, juventudes hitlerianas; elementos constitutivos
de un campo semántico que no se avergüenza de su felonía. El ejercicio es sencillo: un
gesto, una característica, la que fuere, y se la asocia discrecionalmente a la deriva
totalitaria del siglo XX. No importa la acritud del mensaje. Si el medio es el mensaje y el
medio es el gran diario argentino, su primo residual o la tribuna de doctrina, por
consiguiente, el mensaje está legitimado por una tradición y amplificado por la
propiedad.
Ahora cuando la política comparada “desciende” a los fárragos de nuestra crónica
contemporánea la cosa tampoco cambia demasiado. El apoyo popular no es garantía
de nada, se apresuran, ¿o acaso Galtieri no gozó del 90% de aprobación cuando
Malvinas o lo mismo Menem durante su primer mandato? ¿O acaso, como sugirió el
jefe de Gobierno porteño, no vivimos el peor momento de la democracia por encima
de los conatos militares de los ochenta y la represión de diciembre de 2001?
El ardid consiste en asimilar al proyecto nacional con aquello que procuró distanciarse
desde el discurso y, sobre todo, desde las políticas de estado. No importa lo antitético
del actual modelo con los noventa porque, en definitiva, son lo mismo o parecido. No
importa la firmeza en la condena a los crímenes de lesa humanidad porque, pudor
mediante, hay rémoras de “autoritarismo”. Interpretaciones ad hoc que merecerían la
rauda opinión de los historiadores del mismo modo que intervinieron en el debate por
la creación del Instituto del Revisionismo Histórico.
La otra inflexión en esta cadena parte de otros supuestos. Aunque sin entrar en
contradicción con aquella, ¡faltaba más!, lo trágico y la predestinación pasan a un
segundo plano. Aquí se pone el acento en el consabido relato. El kirchnerismo sería,
sin más, una superchería, un mal sueño como el peronismo histórico quizás. El relato
todo lo envuelve y la política y la gestión un subproducto o un efecto. Para todo lo
demás existe el viento de cola.
Ni el no al ALCA, ni la Ley de Medios, ni la nacionalización de las AFJP, ni ninguno de los
mojones históricos de los últimos 8 años conmueven a esta estructura de granito. La
astucia y el cálculo se imponen y la “épica militante” sólo la farsa que completa el
drama de los 70 y la ya trillada frase de Marx.

No se trata de negar la escenificación en la política, es decir el lenguaje, pero agotar
ésta en aquella oblitera la posibilidad de diálogo y reduce la militancia a poleas de
transmisión. No bastan, se entiende, ni los inventarios etnográficos de Sarlo ni los
glosarios autocomplacientes de Lanata para comprender las complejidades que nos
tocan vivir. Empezar por identificar una voluntad política de mayorías con sus bemoles,
por supuesto, puede ser un primer paso. De otro modo los independientes, las
autoproclamadas almas bellas caminarán por una avenida distinta al proyecto nacional
que continuará con su empresa emancipadora en un mundo que es un tembladeral.