Inclusión o privilegios

Toda formación social está atravesada por contradicciones. Escrutar, entre ellas, la
principal es la tarea de todo militante popular. Para ello, es preciso aguzar nuestro
análisis y la concepción de la etapa. La crónica contemporánea y el empeño puesto por
el gobierno nacional, nos pueden dar algunas pistas. En la Argentina de hoy, la
contradicción principal es: inclusión o privilegios.
No hay que remitirse a ninguna edad de oro para identificar el coraje que ha
caracterizado a este proyecto político nacido el 25 de mayo 2003. Sobran los ejemplos
en los últimos meses e incluso en las últimas semanas. La vocación por defender e
interpretar a las mayorías populares no ha sido la excepción sino la regla. No se
necesita ningún título para tomar conciencia del proceso histórico. El pueblo, una vez
más, sabe de qué se trata y por eso actúa en consecuencia. Por eso acompaña.
En caso de que la predestinación maya sea cierta, tendremos el orgullo los argentinos
de haber vivido el último año de la humanidad concretando significativas políticas de
estado. La realidad no da tregua y si bien, chanza mediante, el futuro tiene una cuota
aleatoria indeterminable, la política debe estrechar los márgenes de error al extremo.
Ese horizonte ha regido a la política oficial en lo que va de 2012.
La reforma a la carta orgánica del Banco Central nos ha librado del yugo monetarista
del neoliberalismo. En adelante, las divisas cosechadas en años de crecimiento y
trabajo argentino estarán al servicio del sostenimiento del peso pero, sobre todo, del
modelo. De modo análogo la recuperación de YPF, nuestra empresa de bandera, puso
sobre sus pies a la política energética y saldó una asignatura pendiente. La sintonía fina
aquí supone garantizar la energía que demanda el motor nacional. Se preguntará un
desprevenido qué tienen que ver estas dos medidas con el contrapunto inclusión\privilegios.
La respuesta es clara: todo. En aquellos órdenes neurálgicos de la vida, si el
estado no interviene, más temprano que tarde, pierden los humildes. Que nadie se
engañe, quienes están y estuvieron en contra de estos avances, están y estuvieron a
favor de los poderosos.
Menos explicaciones precisa la consabida ley de identidad de género. Las palabras,
dicen, hacen estragos cuando encuentran un nombre para lo que ha vivido sin nombre.
Nominar, por ello, no es un acto gracioso ni gratuito sino la institución misma del
sentido. Ese gesto inclusivo caro a la tradición peronista, no es menos que un profundo
y denso acto de justicia. El matrimonio igualitario fue la piedra angular y esta flamante
ley completa un mosaico que nos honra y nos pone a la vanguardia entre las repúblicas
del mundo.
Entendamos entonces que la contradicción que nos ocupa no se agota en eso que
llamamos, con pereza, lo social. La Provincia de Buenos Aires, por caso, al discutir lo
que hoy está discutiendo asiste a una encrucijada. Los mismos de siempre hablarán de
un Estado insaciable siempre a la caza de lo ajeno. Pero la realidad es cardinalmente
otra. La revaluación de una tasa está, por supuesto, dentro de las prerrogativas del
poder público y más aún cuando lo que se busca es la progresividad en el terreno
tributario. Sostener la ecuación de otrora no es más que un privilegio. Modificar el
status quo es un paso más en el largo camino de la inclusión. Esta misma consideración
cabe para los regímenes jubilatorios “especiales” y para la industria del juicio que
jaquea al sistema previsional.
Decía Jauretche: “ignoran que la multitud no odia, odian las minorías, porque
conquistar derechos provoca alegría, mientras perder privilegios provoca rencor”. A la
prepotencia de las minorías que interrumpen sesiones e impiden el funcionamiento
de las instituciones, debemos responder con inteligencia y con el profundo orgullo que
implica integrar un proyecto que amplía derechos y vuelve a construir sobre todo lo
que se ha destruido.