Las cuatro etapas del kirchnerismo.

Planificar la tarea de las Usinas‐Kolina en el marco de nuestro Encuentro Nacional
implica previamente comprender dónde estamos parados, es decir, cuál es la
perspectiva actual del proyecto nacional. Sobre esa base debe inscribirse la producción
teórica que procuramos desarrollar. Para lo cual es menester saber de dónde venimos.
Nuestra literatura militante por lo general se remonta a la última Dictadura o incluso al
55 para pensar el aquí y ahora del proyecto nacional. En esta oportunidad haremos
una excepción. Nos remitiremos al kirchnerismo identificando cuatro etapas cuya
cuarta y última es la que se abre a partir de la histórica y contundente victoria del
pueblo argentino del pasado 23 de Octubre de 2011.
A la primera de las etapas la podemos ubicar o a partir del 25 de mayo de 2003 o,
previamente, en el interregno duhaldista. En todo caso se trata de una disputa, de una
forma de procesar la salida del neoliberalismo. Digamos que, en principio, la diferencia
fundamental entre el duhaldismo y esta primera etapa kirchnerista es de orden
político más que económico. A la reactivación económica, Duhalde le impuso una
lógica que postergaba la demanda distributiva y que soslayaba la inmensa movilización
de la sociedad. El otrora líder bonaerense no supo ‐o no quiso‐ ver esa nueva
Argentina en ciernes. El límite que encontró fue el Puente Pueyrredón. Con los
asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en una jornada de movilizaciones
del movimiento piquetero, se saldó la suerte de Duhalde.
La apertura kirchnerista al movimiento popular, la decisión de no reprimir el conflicto
social y la política de derechos humanos marcaron un contraste decisivo con el pasado
inmediato. Pero lógicamente ese pasado tuvo una sobrevida, si se quiere, económica.
La historia nos enseña que los procesos populares se pliegan, se superponen con el
pasado y abrevan de aquél para alumbrar un orden nuevo.
Al kirchnerismo le esperaban tareas inmensas pero, sobre todo, urgentes. ¿O acaso
qué se puede hacer en el infierno, parafraseando a Néstor, más que mitigar el
incendio? La gestión, o más bien el procesamiento del conflicto social estuvo a la
orden del día. Bien recuerdan los compañeros de la Usina de Educación en su texto
fundacional, que el primer acto de gobierno del kirchnerismo fue ir a Entre Ríos para
destrabar una huelga docente de larga data. Pero, claro, consolidar un orden inclusivo
no se agota en el socorro a lo menesteroso. De modo más o menos diferido, llegó la
densidad de la política pública para darle un horizonte auspicioso a todas las
dimensiones de la vida nacional.
Empero la disputa sobrevivía y sobrevivió hasta la victoria legislativa de 2005 y la salida
de Lavagna del Palacio de Hacienda. Compañeros del campo popular sostenían por
entonces que el gobierno “no había tomado el poder” y que la contradicción se dirimía
entre la vuelta al neoliberalismo y su centralidad financiera y una perentoria salida de
masas conforme al consabido socialismo del siglo XXI. El devenir de los hechos
demostró que la cuestión nacional no trasuntaba esa dicotomía. La rica experiencia de
pueblos hermanos de la región no era transitiva con el modo de enunciación que
requería la etapa. Entonces, ¿por dónde pasaba la disputa?
Digamos que el modelo de valorización productiva surgido luego de la devaluación
supuso un nuevo bloque histórico, hegemonizado por grupos concentrados del capital
nacional. Relegados quedaban, de tal modo, los vinculados con la valorización
financiera y las privatizadas. Los primeros precisaban de cierta ampliación del mercado
interno para expandirse pero precisaban también del liderazgo político del proceso.
Hasta la salida de Lavagna tuvieron una ascendencia significativa sobre el curso de las
cosas.
Insistamos: durante el bienio 2003‐2005 no pugnaban por la vuelta al neoliberalismo.
La disputa consistía en industrialización a tasas chinas con justicia social o
industrialización moderada conteniendo la demanda distributiva. Las palabras de
Lavagna en aquél coloquio de IDEA del 2005 condensan el quid de la cuestión.
Alertaba, por entonces, contra el “dólar barato”, contra el “recalentamiento de la
economía” y contra el “achicamiento de los saldos exportables”. Como adelantamos, el
empate se destrabó con la eyección de Lavagna del gabinete.
Fortalecido por el acompañamiento popular se abría la segunda etapa y la posibilidad
de desplegar un orden, ahora sí, kirchnerista. Los mismos grupos que perdieron con la
salida de Lavagna aceptaron el disciplinamiento político porque después de todo el
rumbo general, hasta el momento, los favorecía.
A partir de los avances concretos de la primera etapa en materia de
desendeudamiento y de inversión social, este segundo momento supo de una
impronta más decidida. En principio la economía se subyugó, definitivamente, al poder
político y ulteriormente la sucesión de ministros no produjeron crisis alguna. Con el
pago al FMI de un solo saque a través de reservas de libre disponibilidad se desandó el
camino funesto que unía al monetarismo con los organismos multilaterales de crédito
y el endeudamiento. A su vez, se fortalecieron las tendencias precedentes. Consejo del
salario, paritarias, auspicio a la demanda agregada, pasaron a ser una regla y no una
excepción. Se transfirió escalonadamente la renta agraria a la industria y a la creación
de empleo. También y con más espalda en cuanto a recursos, se cambió el paradigma
en materia de políticas sociales. Se desplazó la figura del beneficiario por la del sujeto
de derecho. Es decir, se pasó de la focalización a una progresiva universalización cuyo
mayor exponente sería la AUH implementada en la etapa posterior.
Esta “pax romana” se extendió hasta el conflicto por la Resolución 125. Hasta allí, un
variopinto de actores sostenía el despliegue del modelo incluidos los beneficiados por
su inserción en la economía internacional y los que aún en la informalidad no habían
conocido mucho más que promesas. Primero la amenaza y luego los efectos de la crisis
internacional, como no podía ser de otro modo, redefinieron el mapa de alianzas
sociales y políticas.
Entonces, ante este nubarrón que se aproximaba, la oligarquía comprendió de qué iba
el asunto. Sabían que ni Cristina ni Néstor se iban a someter a sus designios. Así como
ayer afirmaron que no iban a pagar deuda externa a costa del hambre del pueblo
ahora no iban a hacer pagar la crisis al mundo del trabajo, a costa de garantizar la tasa
de ganancia de unos pocos. Por eso la oligarquía auspició un clima destituyente. Por
eso decimos que más que una pelea por una alícuota, la pelea fue por un modelo de
país. Se fisuró, así, el bloque nacido en 2002 y se prefiguró un proyecto alternativo al
nuestro. Un sujeto reactivo a las políticas iniciadas en 2003 se articuló ganando las
calles y rutas del interior. Incluso se hizo fuerte en las ciudades y sembró confusión al
interior del campo popular. “El campo” no sólo impugnó la política agropecuaria sino
que se pronunció también en contra de las políticas sociales. En su matriz discursiva
recordó el Centenario y celebró al viejo modelo agro‐exportador.
Dicen que las batallas políticas, y ésta lo fue, son batallas culturales. Las derrotas luego
del no‐positivo y de las legislativas del 2009 nos permitieron abordar dos problemas
centrales. Primero, si el plexo de ideas‐fuerza del kirchnerismo estaba más bien en la
epidermis o en el corazón del pueblo. Segundo, si era el momento de desensillar o salir
del laberinto por arriba. Por otro lado y ya de lleno en la tercera etapa, hace eclosión la
crisis mundial que instala la crónica pregunta de la historia económica argentina ¿Qué
hacer frente a la contracción del mercado externo?
Que la edad de oro de un proceso llegue cuando éste ya ha madurado puede ser
curioso pero, aquí, no es producto del azar. Después de todo, la herencia de Néstor
consiste en recuperar colectivamente ese instante de peligro que supone la política en
una perspectiva emancipadora. Esa firmeza que no implica temeridad sino una sesuda
conciencia de obrar de acuerdo a lo que se cree y que, como sabemos, está en el ADN
kirchnerista.
Entonces recordemos rápidamente lo que sabemos y defendemos en nuestra
militancia cotidiana. El bienio 2009‐2010 dejó inscripto en los anales del país las
medidas más significativas de los últimos cincuenta años. Se enfrentó a la crisis con
políticas heterodoxas y contracíclicas, pero eso no fue todo. Hubo un plus caro al
sentimiento nacional y popular. Nacionalización de las AFJP, Asignación Universal por
hijo, Argentina Trabaja, nacionalización de Aerolíneas Argentinas, Ley de Medios y
Matrimonio Igualitario. Medidas que nos permitieron recuperar la iniciativa, sumar
adhesiones y sembrar mística al interior de la militancia.
De las mencionadas, dos de ellas tuvieron un efecto reparador inmenso. Nos referimos
a la AUH y al Argentina Trabaja. La primera tempranamente cotejada por estudios y
evaluada de forma positiva. La segunda determinó un giro copernicano puesto que por
primera vez en décadas el estado intervino directamente en el mercado de trabajo.
Como dijimos, el paradigma del sujeto de derecho sepultó a la lógica del beneficiario.
En este bienio dorado, el kirchnerismo fue urdiendo una voluntad política de mayorías
contra un Congreso adverso y contra un sistema de medios infame. El corolario fue el
54% del 23 de Octubre y el inicio de la actual y cuarta etapa. Victoria previsible,
aunque sorpresiva en su magnitud, que demostró la debacle de la estrategia opositora
pero también la clave de lo que se viene.
El raído grupo A se plegó a la reivindicación corporativa. Esto es, no mediatizó sino que
reflejó el interés de las minorías y dejó vacante la interpelación popular. El
kirchnerismo, en cambio, sumó, gobernó e hizo pesar su agenda por encima de las
agendas sectoriales. ¿O es qué hablamos de otra cosa cuando hablamos de la vuelta de
la política?
Los vacíos en política son efímeros por eso es que el kirchnerismo, inevitablemente, ha
ocupado esa vacancia opositora y ha extendido su frontera fagocitando a su paso a
otras representaciones. No es que, aclaremos, no haya opositores pero ahora la
pregunta, francamente, es si existe oposición. Percibimos signos de esto mismo en
Tecnopolis con la conspicua presencia de la UIA y su pretérito cambio de autoridades y
también con la aproximación de Coninagro al gobierno. En el Congreso, claro,
sobrevive una menuda presencia del ¿ahora grupo b? sin más perspectiva que brindar
testimonio.
Entiéndase que las contradicciones ahora no están por fuera de nuestra frontera sino
que están dentro de nuestro campo. Lejos de preocuparnos, esto debería ocuparnos
en función de calibrar nuestras tareas y nuestra comprensión de cara al porvenir.
La secuela más ponderable esta expansión es, metáfora olímpica mediante, el salto de
los “garrochistas”. Aquellos grupos políticos, sectores, personalidades que ayer o
estaban decididamente enfrente o en una zona gris y hoy, con la nave estabilizada, no
ahorran elogios para con el proyecto nacional y la Presidenta.
La ratio más profunda de la etapa que se abre, sin embargo, la podemos encontrar en
el discurso de Cristina en el acto de Huracán. Ante una fabulosa movilización, retumbó
una consigna: la institucionalización. Toda ruptura, y el kirchnerismo lo es y lo fue,
adviene en una clausura. Léase, también, la institucionalización como el fin de la
zozobra, de lo urgente y la concreción de un compromiso histórico sobre y entre las
fuerzas vivas.
El mosaico se completa con la flamante sintonía fina. Este concepto que le hace ruido a
algunos compañeros tiene como telón de fondo, nobleza obliga, a una crisis mundial
que no da tregua. En palabras de Cristina: “un mundo que es un tembladeral”. En ese
sentido, nunca más oportuna la corrección de algunas dimensiones distorsivas del
modelo. El enemigo, con la hipocresía que lo caracteriza, señalará ajuste allí dónde hay
precisamente sintonía fina. Desafiarlo a qué sopese el presupuesto aprobado, las
paritarias que se avecinan y el crecimiento sostenido no es una pérdida de tiempo.
La sintonía fina no excluye a ciertas definiciones de trazo grueso. El trigésimo
aniversario de la guerra de Malvinas resulta un prisma para percibir lo acumulado en
términos de soberanía política e integración regional. Recursos naturales y transporte
son otros de los temas que merecen una atención privilegiada y una política en
consecuencia. En el discurso inaugural ante la Asamblea Legislativa se han dado
señales auspiciosas y se suma la pronta Reforma de la Carta Orgánica del Banco
Central.
Ahora bien, en el marco señalado para esta cuarta etapa cabe preguntarse por el rol
que le caben a las Usinas y a la militancia en general.
Decíamos que a medida que el proceso se expande la demanda se complejiza y las
contradicciones se integran pero no se absorben. Hace falta un ejercicio de
interlocución política para que no se agudicen las contradicciones. Hace falta subir el
piso mínimo de adhesión de la militancia y para ello hace falta formación.
Poco antes de su partida en un acto con Alicia, Néstor desafió: “que florezcan mil
flores”. Desde Kolina y desde las Usinas debemos abonar a esa germinación.
Insistimos: formarnos y formar, generar masa crítica, construir ese puente de plata
generacional pero a su vez sincrónico con todos y cada uno de los sectores del campo
nacional.
La producción teórica va de la mano de la formación técnica. Tenemos liderazgo
estratégico y amplio consenso popular. En todos los distritos, debemos dotar al
proyecto de los compañeros más comprometidos y con idoneidad técnica. Tanto la
sintonía fina como el trazo grueso requieren de una ética pública y de una precisión de
cirujano.
Hoy, tal vez más que nunca, nuestro proyecto reclama espíritu estatal. Hacia allí vamos
en este Encuentro Nacional de Kolina.