Mujeres, política e historia

CFK-EVITA

Como sabemos, la cuestión del género, los estudios sobre género tienen una pretensión global. Es decir, su objeto de estudio y de análisis no termina allí donde termina lo femenino. Es una zona conceptual que se redefine conforme el paso del tiempo y conforme a los cambios que se dan en una sociedad. Incluye y contempla la diversidad sexual pero también avanza sobre los imaginarios de la masculinidad.

Hecha esta salvedad, permitámonos ahora definir los alcances de este documento. Desde las Usinas y la Secretaría de Derechos Humanos de Kolina, nuestra intención es reflexionar en torno a la mujer y dejar para otra oportunidad un abordaje de género más integral. Reflexionar sobre la mujer y la política, aún cuando esto suponga ofrecer una perspectiva imperfecta y segmentada. Decir mujer y política a secas no dice demasiado o dice tanto que su sola formulación implica un sinnúmero de datos, biografías y teorías que exceden por completo nuestra propuesta. Es necesario acotar este campo en función de un criterio.

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Les proponemos lo siguiente: sobrevolar aquellos contratiempos, aquellos bemoles, aquellos problemas que rodearon y rodean la inserción de la mujer en la política. Y aquí hablemos de política, en principio, con la mayor amplitud posible. Es decir: su inserción en partidos,  organizaciones, su ascendencia en tradiciones políticas y en las luchas sociales pero también su inserción en la función pública. Ahora bien, ¿con qué objetivo? Más que plantear los desafíos de cara al futuro, más que plantear una agenda de temas específicos, nos interesa alumbrar una huella de reflexión que sobre el particular contemple la historia, la coyuntura y el futuro no ya de las mujeres sólo y exclusivamente sino la del conjunto, de nuestro país y, por qué no, de todo el Continente.

Mujer y política como par o binomio en la historia se remonta a tiempos inmemoriales pero a los efectos de, nuevamente, encauzar el asunto tracemos un límite. Periodizar es ordenar y eso siempre conlleva alguna arbitrariedad pero en este caso no creemos activar demasiada polémica. Porque si hablamos de mujer y política en el siglo XX hablamos primero del derecho al voto. El sufragio femenino fue un parteaguas histórico y nos ofrece la posibilidad de mirar hacia atrás y reconocer una evolución que de ningún modo fue lineal ni exenta de sinuosidades.

Las corrientes migratorias de principios del siglo pasado vinieron de la mano de transformaciones de toda naturaleza. Hombres y mujeres huían de sus países de origen jaqueados por la guerra, la miseria y el hambre. Su desembarco trajo consigo el desembarco de ideas y tradiciones maduradas en otras latitudes cuya traducción necesaria y automáticamente acarreó conflictividad de orden simbólico y material.

De todas esas experiencias “importadas”, cabe destacar las ideas que orientaron al incipiente movimiento obrero que se fue desarrollando, sobre todo, en las grandes ciudades.

Dentro de una perspectiva maximalista, de transformación revolucionaria de la vida y el mundo, ciertos sectores, curiosamente, relegaban e impugnaban el sufragio femenino. El argumento, esgrimido por hombres lógicamente, era el siguiente: las mujeres bajo el yugo de la Iglesia y la vida doméstica en caso de votar lo harían “mal”. Sus opciones detendrían o postergarían el avance del curso revolucionario. Véase cómo un sector autoproclamado de vanguardia, pero patriarcalista al fin, sacrifica la posibilidad de un derecho en función de algo “Supremo” y considerado inminente. A su modo también habilitan y refuerzan la necesidad de una tutoría sobre la mujer.

Fueron, por cierto, los movimientos populares del siglo los que asumieron en sus programas el sufragio femenino entre otros derechos y demandas crónicamente postergadas. Pero el registro y la evidencia histórica es inapelable y fue el peronismo quien se encargó llevar del papel a los hechos este tema haciendo honor a la palabra empeñada por nuestro país en el Acta de Chapultepec. Decíamos que tanto el yrigoyenismo como luego el peronismo asumieron lo relativo a la mujer en su plexo de ideas pero no graciosa y licenciosamente por obra y gracia exclusiva de varones iluminados. Existió previamente una masa crítica. Una lucha previa de las mujeres. De modo tal que las fuerzas que desataron estos movimientos y la inercia que rompieron habilitó nuevos caminos y trastocó concepciones anquilosadas.

En el peronismo, en su despliegue y, sobre todo, en la figura de Eva Perón se concentra buena parte de la perspectiva que queremos ofrecer. Primero el peronismo. El peronismo, ante todo, fue y es una experiencia emancipatoria, de liberación, en todas las dimensiones posibles. No fue únicamente el artículo 14 bis y la Constitución del 49. ¿Derechos Sociales? Sí, por supuesto, pero también derechos políticos y de toda naturaleza. Desde esta concepción integral, global y revolucionaria tenemos que entender el sufragio femenino.

Y como decíamos, si bien la lucha de las mujeres se remonta a tiempos inmemoriales, la entrada por la puerta grande de la mujer a la política, se da a partir del sufragio femenino. Y por supuesto el papel de Eva Perón es fuera de serie.

¿Por qué decimos que la figura de Evita tiene la capacidad de retener, de contener y de resignificar no ya su propia historia ni la de la mujer en general sino la de cientos de miles de mujeres y hombres que en el ascenso de Eva, en su despertar, vieron su propio despertar? ¿Por qué?

Su biografía, su pasión, es la de muchos. Más temprano que tarde, conoció los sinsabores de la vida y no precisamente a partir de los libros. Sumémosle el hecho de haber nacido en una familia que no se ajustaba al canon de la época. De niña nomás ensayó su suerte migrando a la Ciudad a la busca de su norte. Y todo le costó el doble por ser mujer y por su condición humilde. O el triple, si se quiere, por mujer, trabajadora y porque fue la primera que se animó a correr el límite de lo posible.

Eva fue la primera esposa en acompañar a su marido en una campaña política. A instancias suya, por supuesto, el sufragio y la posibilidad cierta y efectiva de que mujeres integren las listas del Peronismo. 23 Diputadas y 6 Senadoras peronistas se incorporaron al Parlamento en 1952. A instancias suya la construcción en todo el territorio nacional del Partido Peronista Femenino. Hoy por hoy, claro está, una organización política exclusiva de mujeres puede no cuadrar pero en su momento fue una herramienta central.

En lo sucesivo y en la organización estructural del peronismo la impronta de Eva dejó su huella. Existe una tradición en el peronismo de dividir las listas en tres tercios. Uno de esos tercios estaba reservado para la Rama Femenina del Movimiento. De algún modo se puede entender esta mecánica como un antecedente de la Reforma del Código Electoral Nacional, de la Ley 24.012 y del consabido cupo del 30%.

Sabemos que por principio físico toda acción tiene su reacción y toda ofensiva su resistencia. Esta avanzada del pueblo en general, de las mujeres en particular y de Eva Perón más específicamente desató una enconada reacción. Las minorías privilegiadas no le perdonaron vaya a saber qué y la enfrentaron, la anatemizaron como la encarnación del mismo mal. Un mal plebeyo, del interior profundo,  de los agujeros de la ciudad, de ese subsuelo que tan bien describió Scalabrini. Y como la reacción fue visceral basada en el prejuicio y en el miedo, miedo al otro miedo a la diversidad, los argumentos le dejaron paso a la lisa y llana infamia. Al odio. Es que cuando no se tienen argumentos, la respuesta pasa por otro lado. Cuando se resignan privilegios, las minorías desatan lo peor de sí mismas. Sacan la discusión del plano político, la desplazan a lo personal y así los golpes bajos no tardan en llegar. Y Eva Perón como mujer, trabajadora y militante lo sufrió el triple como ya dijimos. No fue la primera ni la única. Mujeres a lo largo de nuestra historia debieron soportar situaciones de esa naturaleza. No se las juzgó por su obra sino por asuntos del orden de lo personal que en la mayoría de los casos sólo existía en la cabeza de aquél o aquella que arrojaba la piedra.

Ese patriarcalismo, en todas sus variantes, que no es más ni menos que un comportamiento oligárquico aún tiene sobrevida en nuestra sociedad. Y, lamentablemente, muchas mujeres de todas las clases sociales lo interiorizan, lo profundizan y asimilan el qué dirán hasta límites insospechados. Allí, tal vez, el principal obstáculo y efecto que sobrevive y se lleva de patadas con la ampliación de derechos y con las normativas progresivas que como kirchneristas hemos impulsado en estos últimos años.

Durante la noche más oscura que padecimos los argentinos, fueron un puñado de mujeres quienes sostuvieron bien en alto la dignidad del pueblo argentino. Y oportunamente ese coraje, esa dignidad fue tildado como desmesura, como imprudencia y como locura. Eran las locas de la Plaza para los mismos de siempre y para esa conducta que acabamos de describir.  A estas mujeres, madres y abuelas la historia les dará el lugar que se merecen por su fuerza, por pelear por la familia y la identidad, por pelear por la memoria de todos, de todas y de una generación diezmada. Si no las amedrentó el terror de las Tres Armas menos lo iban a hacer los dimes y diretes al servicio de la envidia y del odio.

Fueron mujeres también quienes más la pelearon durante nuestro pasado más reciente. La otra noche oscura, la noche neoliberal, tuvo su continuidad durante la democracia. En las barriadas y pueblos más humildes, las mujeres de las organizaciones de base y de desocupados se cargaron al hombro situaciones dolorosas, el hambre y la miseria. No sólo se ocuparon de sus hijos sino que hicieron propios los hijos de los demás enfrentando y reclamando lo que hiciera falta en las rutas y calles.

Como se ve nuestra historia, la historia de la Patria Grande, reserva a las mujeres un capítulo central, excepcional, insoslayable. Desde la misma guerras patrias hasta la actualidad. Por diferentes motivos, esta fibra, este esfuerzo denodado que ponen las mujeres no se traduce en ámbitos de conducción y representación como debiera suceder. Incluso en gremios, por poner un ejemplo, donde la base está compuesta mayoritariamente por mujeres, la conducción está en manos de hombres. Entendamos que la pelea también se da al interior de nuestro propio campo, que el patriarcalismo y el machismo del que hablamos es extensivo a nuestros compañeros.

Pero por supuesto que existen y existieron avances. Hoy quién preside nuestro país y conduce un proyecto nacional y popular es una mujer y si bien eso ya es todo un dato no agota la cuestión. Ha sido foco nuestra Presidenta de la injuria, de la mirada misógina y de la violencia simbólica. Y ha sido foco de toda esa carga por el solo hecho de ser mujer, por esta triple condición de la que venimos hablando: mujer, trabajadora y militante. Sin perjuicio, claro, de aquellas críticas furibundas y malintencionadas producto de los intereses corporativos que se vieron afectados durante su gestión y la de Néstor Kirchner.

En este nuevo aniversario del Día Internacional de las Mujeres, mirar restropectivamente todos los derechos conquistados implica dar cuenta del pasado, del presente y del futuro. Reflexionar sobre la política y la mujer implica reconocer un solo ciclo histórico donde la mujer es protagonista y no una rueda de auxilio. No existe historia de la mujer como subproducto o como historia en desarrollo.

Esta era la visión que queríamos ofrecer. Visión situada en un tiempo y geografía determinada  entendiendo a la mujer de carne y hueso que enfrenta las asimetrías y se arroja hacia la vida pública con la misma templanza, a priori, que la que puede exhibir un colega o compañero varón.